Capítulo 14 – Sung Yao
La Tianlong, una de las naves espaciales más avanzadas que la humanidad había conocido, se desplazaba a más de veinticinco mil kilómetros por hora, trazando una órbita baja alrededor de Beta Zygot 4, a unos cuatrocientos kilómetros de altura sobre la superficie. Dado que este planeta era de morfología terrana, eso significaba que la nave daba una vuelta al orbe celeste cada noventa minutos aproximadamente. De esta forma, si el descenso debía ser preciso, solo se disponía de unos minutos determinados en cada ciclo, denominados por los Fantasmas como “ventanas de descenso”. Y había llegado el momento esperado: la “ventana de descenso” adecuada para su destino se había abierto ante ellos.
- ¡Fantasmas, listos la bajada!¡Disponemos de seis minutos! –ordenó Sung Yao por el comunicador del traje de combate. Sus hombres asintieron en silencio. Estaban preparados para caer desde la órbita. El visor del casco de Sung Yao ya contabilizaba el tiempo que la ventana estaría abierta. Debía darse prisa.
-Muy bien, soldados. Vamos a intentar que esto sea limpio y rápido -añadió bajando el tono de voz, sabiendo que a través del comunicador podían oírla perfectamente, aunque hablase en susurros.- Como ya hemos hablado, Banshee baja con el Monolito Alfa; Búho bajará con el Monolito Beta y, finalmente, Roland lo hará con el Monolito Gamma. Los demás, Aphex y Sombra, bajaréis conmigo al punto de encuentro, donde estableceremos un perímetro de seguridad –Paró un momento y prosiguió.- Una vez allí, esperaremos a que los Monolitos estén ubicados, inicializados y conectados al resto del Disgregador, y os reuniréis con nosotros a continuación –dijo, dirigiéndose a los que saltarían con los artefactos.
Los Fantasmas asintieron. En estos momentos, por muy entrenado que estuvieras, siempre había lugar para los largos silencios. Aun viviendo en una época de constantes movimientos espaciales, no todos los humanos podían viajar por las estrellas siquiera durante un momento de sus vidas. Y por supuesto, muchos menos entraban en un planeta atravesando su órbita, cayendo desde una nave militar, embutidos en un traje de última tecnología. Finalmente, solo unos pocos escogidos podían hacerlo portando las partes terrestres del Disgregador. Eran ángeles exterminadores. Y aquél planeta era su próximo campo de batalla.
La Sala de Salto comenzó a emitir un sonido de alerta, indicando a sus seis ocupantes que se iba a iniciar el proceso de apertura y descenso. La puerta –que no era ni más ni menos que el suelo de la Sala de Salto- comenzó a abrirse, mostrando la masiva vista del planeta que tenían debajo, y sobre el que pronto se encontrarían. Allí sentados, en una zona sin gravedad artificial, los segundos se les hicieron eternos. Sung Yao no estaba en la mente de los demás, pero sí mantenía controlados sus signos vitales y demás parámetros biométricos, gracias a la interconexión de las Ayudas Virtuales Inteligentes de sus trajes de combate. Ninguno estaba nervioso, ni tan siquiera levemente excitado. No eran hombres. Habían evolucionado a algo mucho más avanzado… y peligroso.
La IA que controlaba las operaciones de la Sala de Salto, controlada a su vez por la Ayuda Virtual Integrada del traje de operaciones de Sung Yao, avisó:
-Apertura del Sello en cinco segundos. Cinco. Cuatro… –el pitido de alerta comenzó a ser más insistente mientras el campo de fuerza que separaba aquella abertura en el casco de la nave del espacio se desconectaba- … Tres. Dos. Uno. Sello abierto. Inicien descenso.
Sung Yao señaló al Monolito Alfa:
-Banshee, te toca. Tienes dos horas. Buena suerte.-el hombre no dijo nada. Se agarró a la cápsula que contenía dentro el primer artefacto, y en un momento, ya no estaba allí. Solo era una mancha negra sujeta a una bala plateada que caía y caía.
Luego, la teniente se volvió hacia Búho. El soldado se acercó a la cápsula, enganchó el arnés de seguridad del traje, y solo dijo:
- Comienzo el descenso.-Y luego saltó. Conforme éste se hacía más pequeño y apenas podía distinguirse su silueta sobre el fondo del planeta, le tocó el turno a Roland. Dicharachero como siempre, enganchó el arnés al último Monolito y dijo:
- Volveré antes de cenar. – Y desapareció de la Sala de Salto.
“Muy bien, los Monolitos ya están de camino a la superficie. Ahora vamos nosotros”, pensó Sung Yao, mecanizando sus movimientos mientras se preparaba. Antes de salir, tuvo unas palabras finales para todo su equipo, que los que ya habían saltado pudieron oír a través del comunicador del traje:
- Comienza la operación. En ocho horas, ese Jasón estará maniatado e inconsciente, o bien habrá vuelto al estado de coma. Y si se pone terco, simplemente estará muerto. ¡Vamos!
Y así, Sung Yao, flanqueada por Aphex y Sombra, abandonó la Sala de Salto -templo sagrado de los Fantasmas-, alas negras cayendo a velocidad terminal destino a la superficie.
Capítulo 13 – Sarah
He atravesado una docena de sistemas buscando a Jasón y ahora me encuentro en un callejón sin salida. Los fondos que he recibido han sido dilapidados torpemente. Tengo alma de exploradora, pero carezco de la práctica que únicamente se puede adquirir entre las estrellas. Ahora mismo me encuentro en el Sistema Beta Zygot, concretamente en una estación espacial comercial bastante tranquila y pulcra, en órbita geosincrónica sobre el espaciopuerto de la colonia de su planeta más concurrido. No obstante, la pista que sigo termina aquí. He recibido filtraciones por parte del doctor Simmons. Según sus fuentes, Greene preparaba una misión de reconocimiento en un pequeño planeta de dicho sistema. Siempre he pensado que Simmons guarda más de un as en la manga; no deja de aparentar ser un ratón de biblioteca -o de laboratorio-, pero siempre se las apaña para conseguir lo que quiere, ya sea información, unas instalaciones científicas más grandes o un espécimen especialmente raro de la flora de un planeta perdido.
Así que aquí estoy, sabiendo que estoy cerca de encontrar a Jasón pero sin ser capaz de dar el último paso. En Beta Zygot, pese a estar escasamente poblado, hay un buen montón de planetas que giran en torno a su poderosa estrella. Sin ayuda, es como encontrar un grano de arena determinado en un desierto cualquiera. Si tan solo pudiera…
En ese momento, escucho una conversación entre dos guardias de seguridad, que hablan de explosiones enormes y un asalto a un pacífico monasterio. Posiblemente están exagerando, pero me acerco e, intentando disimular lo mejor que puedo, presto atención:
- Sí, tal y como te lo cuento, Marek. No hace ni ocho horas de eso y ya se ha enterado todo el mundo. Desde luego, aquí no sabemos guardar ningún secreto. Es lo que tienen las comunidades tan alejadas y tranquilas. ¡Cualquier asunto escabroso salta de boca en boca en un momento!
El otro, bastante preocupado, responde:
- Qué quieres que te diga, Titus, a mí no me engañan. Que digan que en el Monasterio Ascensionista hay terroristas que iban a atentar contra la Unión, me suena a tapadera. Están buscando algo, seguro.- dice el que parece llamarse Marek, y resopla. Su compañero se acerca a él y baja un poco la voz.
- Dicen que buscan a un Fantasma, uno de los antiguos, retirado. Peligroso y eso. Con cuentas pendientes. Parece ser que tenía en el monasterio un escondite, un refugio o incluso aliados. Ya sabes que con esas cosas, el ejército de la Unión no se anda con tonterías.
El guardia de nombre Titus, bastante más risueño y menos impresionable, responde en tono jocoso:
- Sí, claro. Un Fantasma terrorista. ¡Si esos tíos parecen máquinas! Les lavan el cerebro cada noche, seguro…
En ese momento, uno de ellos mira hacia donde me encuentro intentando disimular entre los escaparates de souvenirs espaciales. Cojo una réplica en miniatura de la estación espacial, y pretendo mirar el precio como si estuviera interesada en su compra. Al ver que estoy más pendiente de lo necesario de aquella conversación, bajan la voz y siguen la ronda. Cuando se marchan, dejo la miniatura; no puedo permitirme el más mínimo gasto a estas alturas.
“Así que un asalto al Monasterio Ascensionista”, me digo a mí misma. Todo empieza a cobrar sentido entonces: un remoto monasterio, en un remoto planeta, en un remoto sistema en la periferia de la Unión. Un lugar donde aceptarían a cualquiera, dónde no harían preguntas. El sitio perfecto para ocultarse y pensar.
“Tengo que ponerme en contacto con el doctor Simmons y contarle que pienso bajar allí”. Pero… están las explosiones, y la misión de reconocimiento. Si la mitad de lo que he oído es cierto, ese lugar se habrá convertido, de pronto, en un sitio sumamente peligroso. Pero no he llegado hasta aquí para irme con las manos vacías, vencida. No. Voy a ir al monasterio. Esta misma noche. Aunque todavía tengo que encontrar la forma de hacerlo.
Antes de salir en dirección a la zona de atraque de los vehículos espaciales, agarro la miniatura de la estación espacial y la meto, disimuladamente, en mi bolsa de viaje. Sarah Lemman, la ladrona. Me va a hacer falta algo más que robar en una tienda de souvenirs para llegar hasta ese maldito monasterio.
Capítulo 12 – Deran
Me dirigía a mi encuentro con el hermano Klein cuando, de repente, oí un leve zumbido a mi espalda. Un sonido de bajísima frecuencia que no habría molestado ni alertado a ningún habitante de aquél remoto monasterio pero que a mí, quizás por mi extraña y maravillosa asociación con aquel “ente”, me sacó de todos mis pensamientos.
Me giré y no vi nada. Pero sabía que no estaba solo. A esa hora los hermanos debían estar ya recluidos en sus celdas, aunque si miraba hacia los rincones del patio podía ver a monjes guardianes haciendo la ronda. Estaba claro que mi sorprendente llegada había cambiado la vida de todos los miembros de aquella comunidad. Supuse que aquél sonido provenía de aquellos nuevos centinelas, y proseguí mi camino hacia el scriptorium. Me crucé con un joven hermano que parecía más un soldado que un hombre dedicado a la vida contemplativa. De hecho, me llamó mucho la atención que fuera armado. “Es por tu presencia aquí”, pude leerle en su rostro cuando me sonrió casi asustado. Proseguí mi camino, pero algo me indicaba que, más que vigilarme, estaban protegiendo algo importante para ellos.
El cielo de aquél planeta fronterizo estaba despejado y pude ver perfectamente a otro hermano vigilante al otro extremo del patio principal, bajo las arcadas de sintepiedra blanca. Bajé unas escaleras exteriores hasta un patio anexo, mucho más pequeño y de construcción más antigua. Posiblemente me encontraba en el núcleo del viejo monasterio antes de que se convirtiera en la inmensa estructura que era ahora. Los edificios que me rodeaban eran más bajos, estaban más cerca unos de otros y, en definitiva, se podía apreciar que aquello era parte de la construcción original, pues no estaba labrado con materiales sintéticos sino pura piedra recogida y tallada allí mismo. Durante un momento perdí la vista del cielo, pero supuse que había pasado algún ave nocturno sobre el monasterio. Pero la sensación de peligro que me invadía era cada vez más intensa: monjes armados, zumbidos casi inaudibles, sombras en la noche. No obstante, mi encuentro con Saidar Klein era lo más importante del universo para mí, así que proseguí mi ruta por aquellos recovecos, ahora mucho más enrevesados, hasta que llegué a la puerta del scriptorium.
Lo que encontré cuando abrí la puerta me sobresaltó, y de repente comprendí todas aquellas pistas que había ido encontrando casi por azar, o por disponer de un sentido del peligro ultradesarrollado debido a mis años de entrenamiento o a la reciente asociación con un ser venido de no sabía dónde. Los zumbidos, las armas, las sombras. Sin darme apenas tiempo a reaccionar, una figura vestida con una poderosa armadura de combate de un modelo que no conocía, pero que a todas luces había evolucionado desde mi vieja conocida T-2, me encañonó con el rifle más avanzado que había visto nunca. Únicamente tuve tiempo de saltar hacia un lado y apartarme de la puerta y del chorro de proyectiles silenciados que apenas hicieron ruido salvo al estrellarse contra la pared de enfrente, al otro lado del pasillo. No pude vislumbrar en el interior de la sala a Klein ya que se encontraba a oscuras, pero estaba claro que ya estaba muerto o en un serio peligro. El arma más cercana se encontraba a casi doscientos metros, en manos de un monje centinela que, si aquel atacante casi invisible pertenecía a los Fantasmas, yacería muerto en el empedrado, sin apenas saber qué había ocurrido. No había tiempo, así que tenía que improvisar. “No me falles ahora”, me dije mentalmente, pero yo esperaba que lo que estaba allí conmigo lo oyera. Ansiaba una respuesta. Y la tuve. Vaya si la tuve.
Capítulo 11 – Sung Yao
“Alerta de entrada en órbita baja. Repito: alerta de entrada en órbita baja”.
Sung Yao despertó de la ensoñación que arrastraba desde que llegaron al sistema Beta Zygot, como si supiera que durante las próximas 36 horas que duraría la operación no podría bajar su nivel de atención ni relajarse por un solo segundo. El comunicador de su camarote chisporroteaba con el particular sonido de la radio, modulando la voz de Talos Iwata, capitán de la Tianlong. Sung Yao se desperezó y se levantó de un salto, cubierta solo por una fina sábana que tapaba su esbelto y poderoso cuerpo, convertido en una máquina de muerte tras años y años de duro y letal entrenamiento. Se colocó el comunicador personal de pulsera y ladró una orden:
- Capitán, cuando nos acerquemos a Beta Zygot 4, active el modo de ocultación y apague los impulsores. Quedaremos en órbita mientras nos preparamos para saltar. Ya sabe lo que tiene que hacer. Rastreo de comunicaciones, vigilancia de la órbita y control del espacio cercano. Alcance 2500 kilómetros.- Desde el otro lado se escuchó la confirmación de Iwata, y la comunicación se cortó.
“Así que ya estamos aquí. El escondite de Deran Vaal. Asalto y extracción. Interesante”. La mujer empezó a vestirse, siguiendo el ya conocido ritual que había elaborado y perfeccionado durante sus años de servicio. Primero el mono ajustable -como una segunda piel-, compuesto por polímeros adaptables y lleno de conexiones para los sistemas avanzados de la armadura de combate T-3. Luego cada parte de la armadura, desde las botas con potenciadores de salto hasta el casco con sistema AVI (Ayuda Virtual Integrada), pasando por los protectores de torso y espalda y por supuesto perneras, grebas y brazos. Cada parte de dicha armadura aumentaba las posibilidades y habilidades de combate de su usuario hasta límites sobrehumanos lo que, sumado al entrenamiento avanzado de Sung Yao, la convertían en un enemigo poco menos que formidable. Por si fuera poco, Sung Yao siempre disponía de un as bajo la manga: uno de los pocos sistemas portátiles de ocultación sensorial que se habían fabricado, por supuesto únicamente para uso militar.
Cuando hubo terminado de prepararse y una vez asegurado el correcto anclaje de todos los componentes de la armadura, activó el sistema AVI -Ayuda Virtual Integrada- con una pulsación en la muñequera de control del traje y una voz fría y metálica la saludó formalmente:
- Buenos días, teniente Sung Yao. – la voz calló, esperando órdenes. La mujer no respondió. Se acercó lentamente a su armario de pertrechos, introdujo su código personal y lo abrió. Con lo que había allí dentro se podía empezar una pequeña guerra fronteriza, e incluso terminarla.
- Diagnóstico rápido y reconfiguración para la misión. Reglas de enfrentamiento: letales. Modo de operación: ocultación.- dijo mientras recogía munición y la iba colocando en compartimentos ocultos del traje de combate. Luego una pistola militar reglamentaria -que apenas usaba-, su cuchillo de comando y el rifle multipropósito MP-25X. Dicho rifle, fabricado en exclusiva para las unidades especiales de la Unión era a las armas de fuego lo que la navaja del Ejército Suizo del Siglo XX y XXI a las herramientas. Permitía disparo preciso y rápido a corto alcance, posibilidad de ser utilizado como arma de francotirador y se servía de una perfecta sincronización con el sistema AVI del casco para mejorar la puntería y el seguimiento de blancos. Finalmente un pequeño Filo Asesino -como se conocía vulgarmente a las armas monofilamento en la Unión- oculto en la bota izquierda. El mejor entrenamiento y la mejor tecnología para la Unidad Fantasma, los mejores entre los mejores. Sung Yao pensaba que Vaal y Klein no tendrían nada que hacer ante una unidad de élite como la que iba a saltar en 4 horas sobre ellos. Pero sentía respeto por Deran Vaal. No en vano había sido el mejor soldado que había pasado por los Fantasmas. Además, desde que había despertado, había demostrado poseer habilidades inexplicables. ¿Quién sabía de qué más sería capaz?
“Supongo que tendremos que averiguarlo. Lo que está claro es que no he cruzado media galaxia para que un vejestorio que ha regresado de entre los muertos me mate”, se dijo a sí misma, y salió de su camarote en dirección a la Sala Táctica.
Allí se encontró con el resto de su equipo de asalto, compuesto por Fantasmas escogidos personalmente por ella y por Green para aquella operación. Sung Yao apenas los conocía, pero había leído sus informes y sabía que tenía a su alrededor a algunos de los hombres más peligrosos de la USC. “Menos mal que están en el bando correcto”, pensó mientras se acercaba a la zona de mando.
- ¡Teniente en la sala!- dijo uno de los soldados, conocido como Banshee, con una voz aguda que poco concordaba con la peligrosa apariencia que presentaba. “Por eso hablará tan poco”, pensó Sung Yao mientras recibía y devolvía el saludo marcial a los presentes. Luego, se dirigió a ellos en tono solemne:
- Caballeros, estamos a cuatro horas de emprender una de las misiones más importantes de la Unidad Fantasma en estos últimos tiempos. Han sido escogidos personalmente por sus habilidades marciales y su disposición a completar la misión bajo cualquier presión o circunstancia. Allí abajo nos espera un enemigo al que desconocemos por completo, por eso les he pedido que se preparen como si fueran a combatir al mismísimo infierno.- Sung Yao sonrió felinamente y encendió la pantalla táctica que tenía justo detrás.
- Teniente Yao, señora. Si me permite, quiero expresar mi incredulidad al respecto. ¿Un pelotón entero de Fantasmas para apresar a un hombre que se ha pasado casi veinte años en coma?¿Nos han facilitado toda la información?¿Qué hay realmente en ese monasterio? – dijo seriamente otro de los asistentes, un veterano al que todos llamaban Buho debido no solo a sus capacidades de observación, sino también por los enormes ojos de color marrón amarillento que llenaban su cara, y que parecía no cerrar nunca. Sung Yao contestó:
- Estamos de acuerdo en que suena a locura, pero ese hombre es, posiblemente, lo más peligroso a lo que nos hemos enfrentado jamás. Tal y como habrán podido comprobar en los informes que recibimos de Inteligencia, Deran Vaal ha entrado en contacto con algún tipo de entidad desconocida, que no solo lo ha rescatado del estado comatoso en que se encontraba, sino que también le ha conferido capacidades sobrehumanas muy inquietantes. Por lo tanto, tenemos autorización para usar cualquier medio a nuestro alcance para traerlo de vuelta. Y cuando digo cualquiera me refiero a todo.
Se produjo un silencio en la Sala Táctica, pero todos sabían a qué se refería la teniente Sung Yao. Si fuera necesario, tendrían que utilizar el Disgregador. El arma prohibida. Todos callaron, comprendiendo la gravedad de la misión. Nadie que pudiera ser objetivo del Disgregador podía ser inofensivo. Se trataba del arma más poderosa que se había creado en la Unión. Solo existían tres de ellas, puestas a buen recaudo por parte de los altos oficiales del ejército. Muy pocas personas sabían cómo funcionaba aquella arma, pero muchos habían oído sus efectos. El Disgregador era un arma orbital que separaba literalmente la consciencia del cuerpo a todo ser pensante en un radio de 20 kilómetros. Un haz mortal que dejaba cuerpos vegetales y capturaba las mentes en unos misteriosos cilindros –denominados Monolitos- que habían de colocarse en la superficie, en los límites de la zona de impacto. Se rumoreaba que durante las pruebas, decenas de ciudades y poblaciones en sistemas fronterizos y alejados habían sufrido sus efectos, dejando cientos de miles de cuerpos inertes y capturando sus mentes en dichos aparatos metálicos llenos de cables, luces y circuitos. Nadie sabía si el proceso era reversible o lo que les pasaba a todas aquellas consciencias –antes personas- cuando se recogían los cilindros y se llevaban a las instalaciones secretas donde se diseñaba y fabricaba el Disgregador. Pero todos sabían una cosa: era un arma muy peligrosa, surgida de la mente de un loco, fruto de una pesadilla. Porque un ataque nuclear no dejaba rastro, solo un paraje desolado. Pero cuando los agentes bajaban a la zona a recoger los monolitos podían ver cuerpos abandonados, cascarones vacíos que solo respiraban mecánicamente y ya no sentían nada. Pero sus mentes, la personalidad de cada ser humano atrapado en aquellos artefactos… seguían pensando y sintiendo, en un estado de confusión infinito, como aprisionados en una eterna dimensión blanca, privados de sus sentidos pero no de su psique. En definitiva, una cárcel de almas.
Sung Yao se dio cuenta de que su mente divagaba en torno a lo que sabía del Disgregador, y advirtió que sus subordinados hacían lo mismo, así que intentó mostrarse firme y dijo:
-No obstante, creo que si ejecutamos el plan a la perfección, los cilindros volverán vacíos y traeremos a Vaal amarrado como un cerdo-. Reforzó su sentencia con una sonrisa de atrevimiento, como si los retara a conseguirlo, y aquello relajó un poco a los Fantasmas. Pero Sung Yao sentía que algo iba mal, que no era tan sencillo, que un hombre que cruza la galaxia con solo la fuerza del pensamiento no era un rival cualquiera. Que alguien para quien se aprobara el uso del Disgregador, poniendo en peligro la vida de miles de seres humanos que pudieran habitar en la zona, no podía ser alguien normal. Que Deran Vaal ya no era humano. Y que era un peligro. Un peligro que había que controlar a toda costa.
- Está bien, si no hay más preguntas, todos a la Sala de Salto, quiero que la preparación vaya como la seda. No os confiéis. Aunque la atmósfera y superficie de este planeta parezcan poco peligrosas, necesitamos hacer un salto limpio y silencioso. No quiero heridos ni bajas durante el descenso. Saltamos los seis, aterrizamos los seis. ¡Somos Fantasmas!
- ¡Fantasmas! –gritaron los cinco hombres al unísono. Luego, siguieron a Sung Yao en silencio, seis ángeles de la muerte que en cuatro horas descenderían de las estrellas para arrasar un inofensivo monasterio y sus alrededores.
Capítulo 10 – Sarah
Me despierta el estridente sonido de mi comunicador personal. Son horas intempestivas, así que imagino que el motivo es serio. Jasón, como mínimo. Cuando respondo, somnolienta, el tono de la voz de Isaac Simmons me lo confirma.
-¿Diga? -acierto a responder, desorientada, en trance.
-Sarah, han encontrado a Jasón.- la voz del doctor Simmons tiembla de impaciencia y… ¿miedo? Intento responder, pero no se me ocurre nada. Callo, intentando encontrar mi lugar en la conversación. Simmons continúa.
-Sarah, despierta, es importante.-se detiene unos segundos y continúa.-He recibido una notificación de Greene, informándome de que lo han encontrado, y van a traerlo de vuelta. Cuando la he recibido, he intentado ponerme en contacto con él, pero no responde a mis llamadas.
-Uh… ¿traerlo?¿Cómo?¡Desapareció delante de nuestras narices, Isaac!¡Cómo van a traerlo! -despierto de golpe cuando mis ánimos se encienden. Isaac responde.
-¿Crees que lo se, Sarah? No tengo ni idea de lo que trama Greene, por eso te he llamado. Necesito que… -en ese momento deja la frase a medias y oigo como toma aire, como si necesitara llenarse de seguridad con lo que iba a decir a continuación. – Necesito que tú estés allí cuando eso ocurra.
¡Lo ha dicho! Ha empezado su frase, ha tomado aliento, y lo ha dicho. ¡Quiere que vaya con ellos!¡Que salga de la seguridad de mi laboratorio, de mi despacho! Si tenía claro que Simmons no estaba muy bien de la cabeza, aún siendo un maldito genio, con esa petición -¿o era una orden?- acaba de dejarme claro que está loco. Respondo.
-Doctor Simmons… Isaac -me incorporo y apoyo la espalda sobre el cabecero de la cama- ¿de verdad crees que, aunque quisiera, Greene me dejaría estar en el mismo sistema, o incluso acercarme a menos de un año luz de una de sus operaciones de seguridad? Como si no lo conocieras. Está claro que… -en ese momento no puedo terminar la frase porque Isaac me interrumpe.
-No quiero que vayas con él, o con su equipo, o con quien sea que vaya a enviar. Quiero que lo hagas por tu cuenta. Lo haría yo, pero no puedo desaparecer de aquí, sería… muy llamativo. En cambio tu pasarías más desapercibida; podemos alegar que algún familiar necesita tu ayuda en el otro extremo de la Unión.¿No tenías un tío anciano en Corintus IV?
Isaac calla. Yo callo. Ambos respiramos, pensando lo que vamos a decir a continuación. Lleva razón. Si fuera él, Greene sospecharía. Hablamos de un hombre que lleva casi veinte años encerrado en aquél remoto planeta. Yo en cambio hago mis escapadas vacacionales y cada cierto tiempo desaparezco durante unas semanas para vivir… otra vida. Sarah Lemman, la aventurera. No la doctora. Pero esto… esto es diferente. No me gusta cruzarme en el camino de Greene. Y si no ha informado de todo el asunto a Isaac, tendrá sus motivos y a buen seguro algo que ocultar. Y si Greene tiene algo que ocultar, es peligroso acercarse a husmear. Diría que es mortal de necesidad. Letal.
-Déjame pensarlo, Isaac. No hablamos de ir a tomar muestras al campo. Hablamos de husmear en una operación con un alto nivel de seguridad, probablemente utilizando recursos de la Unidad Fantasma. Necesito tiempo -digo, y Isaac parece aceptarlo. Suspira, y ya un poco más tranquilo, responde.
- De acuerdo, Sarah. No voy a negarte que puede ser muy arriesgado, pero nos jugamos el trabajo de toda una vida. Si le llegara a pasar algo a… -no puede terminar la frase; le interrumpo.
- Si, ya lo se. Si llega a pasarle algo a Jasón todo el Proyecto Argo, y en consecuencia toda oportunidad de saber qué ocurre en la Tierra, se habrá ido al infierno -respondo secamente. Sarah Lemman, experta en matar conversaciones.
Intercambiamos pocas palabras más. Prometiéndo ir a su despacho a la mañana siguiente -acompañada de una respuesta- nos despedimos amistosamente, como si intentásemos quitarle importancia al asunto. Pero es imposible. Minutos después de cortar la comunicación, sigo tumbada en la cama, en penumbra, pensando. Y me doy cuenta de un detalle: Isaac me ha llamado desde su terminal de seguridad, el que utiliza para mantener conversaciones privadas con los Altos Ejecutivos que forman la comisión gestora del Proyecto Argo. Temía ser escuchado. Tiene miedo. Miedo de Greene.
Siempre he sido una mujer atrevida, que no ha tenido miedo de la aventura. Pero esto…
En la soledad de mi apartamento, me estremezco. Y tomo una decisión. Viviré mi gran aventura. Me enfrentaré a Greene. Encontraré a Jasón.
Sarah Lemman, la aventurera. No la doctora. Y por fin, duermo.
Capítulo 9 – Greene
La animadversión que Greene sentía por Deran Vaal venía de lejos. Fue, podría decirse, un odio a primera vista. Greene llevaba como suboficial en los Fantasmas algunos años cuando se incorporó Deran. En poco tiempo, se convirtió en uno de los mejores operativos de la unidad, y recibió felicitaciones, menciones e incluso alguna que otra medalla. Y él, aunque progresaba, se sentía eclipsado por el recién llegado. En aquel momento, casi veinte años después, su odio había alcanzado proporciones épicas. No solo por la importancia que Deran había tenido en la Unidad Fantasma mientras fue parte de ella, sino también por aquello en lo que se había convertido.
Si le hubieran dicho que después de más de quince años en coma, iba a regresar con capacidades únicas y siendo el ser humano vivo más importante de toda la Unión, puede que de la galaxia, se hubiera cambiado por él en un momento. No podía evitarlo, era extremadamente ambicioso. Con lo que Deran había vivido y aprendido siendo Jasón, Robert Greene se hubiera convertido en una fuerza imparable por derecho propio. No es que tuviera sueños megalómanos. No se trataba de eso, al menos, no en su aspecto más básico. Pero no estaba de acuerdo con la política conservadora de la Unión, y le molestaba ver como burócratas de segunda clase tenían mucho más poder que él para tomar las decisiones que configuraban el futuro de la Unión de Sistemas Centrales, y por ende, de toda la humanidad.
Por eso el Alto Ejecutivo, que había recibido informes respecto a la enorme ambición de Greene, lo había colocado como responsable del Proyecto Argo. Pero para Greene, eso no era suficiente. Y menos desde que Jasón regresó y realizó su inesperada huida. Supo que tenía que encontrarlo. No solo por lo que Jasón pudiera conocer sobre el Planeta Cero, sino para entender cómo había sido capaz de desaparecer de aquella sala, con una pistola de plasma apuntando a su cabeza. ¿En qué se había convertido Deran?
Mientras ojeaba varios informes de poca o ninguna importancia, cosa que hacía cuando quería llegar a conclusiones de manera casi inconsciente, el comunicador de su escritorio chisporroteó. Oyó una voz femenina y fría que hacía tiempo no escuchaba, pero que esperaba con ansia desde hacía unos días.
- Coronel, creo que lo hemos encontrado. No sabemos cómo, pero el teniente Vaal se encuentra, o se encontraba hace una semana, en el Monasterio Ascensionista de Beta Zygot 4. – dijo sin preámbulos aquella voz que conocía y en la que confiaba.
-Muy bien, Sung Yao. Quiero toda la información en mi terminal enseguida, y un equipo de asalto encima del monasterio en menos de setenta y dos horas estándar.
La mujer calló durante unos momentos, pero Robert escuchó a través del comunicador como ésta operaba su terminal. Al instante, docenas de informes y mensajes aparecieron y llenaron su pantalla holográfica. Dio un rápido vistazo conforme los datos iban apareciendo, flotando en el aire justo sobre su escritorio. Había más información de la que necesitaba, pero conociendo lo que Jasón podía hacer, y suponiendo que podría disponer de algunos trucos más, tendrían que estar preparados. Con un movimiento desganado de su mano derecha, descartó mapas y sugerencias de rutas de astronavegación óptimas y centró toda su atención en un informe que destacaba con respecto a los demás: una lista de personal militar de la Unión cercano al monasterio.
La lista contenía muchos nombres, rangos y números de identificación de militares de todo tipo. Empezó a repasar la lista:
…
Alférez Gorman Weiss. Guarnición Luna 3, Beta Zygot 4.
Teniente Elona Fernandes. Oficial de Puerto Estelar. Beta Zygot 4.
Cabo Lodovan S. Karadj. Oficial de Puerto Estelar. Beta Zygot 4.
Sgto. 1º Saidar Klein (retirado). Monasterio Ascensionista de Beta Zygot 4.
Greene se envaró en su asiento. ¡Así que había una conexión! ¿Cómo se había permitido el lujo de olvidarse del sargento Klein? Sin lugar a dudas, se trataba del mejor amigo de Deran y su único aliado incondicional dentro de los Fantasmas.
- Sung Yao, tienes que impedir que Deran contacte con Saidar Klein. No me importa lo que tengas que hacer, ni como lo hagas, pero impide que hablen. O de lo contrario… -dejó la frase a medias. Al otro lado, la mujer contestó:
- No se preocupe, coronel. Nunca cruzarán una sola palabra si yo puedo evitarlo.
- Eso espero, Sung Yao. Klein puede serle al teniente Vaal de mucha ayuda, además de disponer de cierta información que quiero mantener oculta. Si es necesario, utilizarás el Disgregador.-cortó el comunicador y una oleada de recuerdos y pensamientos invadieron su mente.
Rememoró lo sucedido como si hubieran pasado apenas unas semanas. Falsificó informes de inteligencia y engaño a Deran, guiándolo hacía una misión suicida de la que nadie podría salir con vida. Contra todo pronóstico, el joven teniente terminó el trabajo, aunque el coste fue muy superior a las ganancias: pasaría el resto de su vida postrado en una cama; sus funciones vitales reducidas mediante un coma inducido.
Resultaba cuanto menos curioso. Durante todos esos años, Greene había pensado que aquella maniobra había sido una jugada maestra, dándose cuenta ahora que en vez de librarse de su odiado rival, lo había convertido en un espécimen único. Pero ahora que disponía de todo el poder que le otorgaba estar al mando del Proyecto Argo, y con importantísimos contactos en la Unidad Fantasma, sería todo diferente. El coronel Robert Greene se recostó en su sillón, y sonrió levemente, como un maestro de ajedrez que ha tejido una sutil trampa en un tablero imaginario. Una trampa que caería sobre su rival con la fuerza de una tormenta, y de la que, esta vez, le sería imposible escapar.
Capítulo 8 – Deran
Habían pasado tres días desde nuestra extraña huida y no había vuelto a sentir su voz en mi cabeza. Sabía, no obstante, que estaba allí, agazapado, y quizá recobrándose del enorme esfuerzo -alterar a nivel cuántico el tapiz de la realidad- con el que conseguimos realizar la más prodigiosa fuga conocida en todos los milenios de historia humana. ¿Por qué no me había abandonado? Podría haber ocupado otro lugar u otro cuerpo tal y como hizo con el mio. Aunque quizás yo era más que un simple recipiente y no se podía permitir que me hicieran daño o que muriera. Lo cierto era que allí estaba yo, recorriendo las antiguas salas y los antiguos pasillos de aquel monasterio, sin poder responder a ninguna de las múltiples preguntas que me atormentaban.
Esa misma noche, después del paseo bajo las tres lunas de aquél planeta periférico -dos de ellas de pequeño tamaño y una gigantesca, que asomaba majestuosamente por el horizonte prometiendo un espectáculo visual soberbio- y de haber catalogado al menos visualmente a muchos de los monjes que lo habitaban, fui recibido por el abad. Tenía la oportunidad de averiguar por qué había aparecido allí, siendo un lugar que me resultaba apenas familiar. Aunque sabía que estaba equivocado, apenas recordaba haber estado allí, ni reconocí a ninguno de los hombres con los que me crucé en mi deambular por el monasterio.
Entré en la sala privada donde me esperaba el abad, y no pude menos que sorprenderme. Donde esperaba un lugar arcaico y poco práctico, encontré una oficina digna de cualquier importante oficial de una corporación privada, institución gubernamental o incluso militar. Perfectamente iluminada, con todo tipo de comodidades y herramientas que ayudaban al abad a realizar su trabajo, la estancia era capaz de albergar a una importante comitiva, y había varias puertas auxiliares que conectaban con distintas dependencias o corredores. Claramente, aquello era el centro neurálgico del monasterio. Y sentado a la mesa, con la túnica de monje como único elemento que indicara que aquello no era una oficina normal, esperaba, sonriente, el abad.
-Bienvenido de nuevo, Deran. -dijo con el tono de cordialidad y camaradería que se usaría para recibir a un amigo al que hace mucho tiempo que no ves. -Sabía que volverías. En cualquier momento.
Callé y lo dejé hablar. Él carraspeó suavemente, cambió la postura en su asiento y continuó:
-Lo que más nos sorprendió fue lo… “milagroso” de tu llegada. Todavía hay hermanos asustados y conmocionados, sobre todo los que se hallaban en los dormitorios cuando apareciste de la nada. Han empezado a circular rumores. Algunos susurran sobre ti y tu… “proeza”; te comparan con el mismísimo Ashurai, que fue el primer y único ser humano que alcanzó la Ascensión. Yo en cambio, en vez de dejarme llevar por mis creencias y mi fervor religioso, he dedicado estos días a investigar e intentar racionalizar lo que ha sucedido. Y digo intentar. Porque no lo he conseguido.
Me sonrió, como si esperase que le contara un secreto universal; que había descubierto la forma de viajar por el espacio instantáneamente y que sabía como repetir, incluso enseñar a otros, dicha hazaña. Nada más lejos de la realidad; yo no sabía nada y aunque parecía que nos conocíamos bien, ni siquiera era capaz de recordarlo a él. Así que, mientras los recuerdos seguían reapareciendo -cada vez con mayor frecuencia-, opté por ser cauteloso. Respondí.
- La verdad es que no tengo ni idea de cómo he acabado aquí. Recuerdo vagamente el monasterio, así que en algún momento de mi vida habré pasado por aquí. Pero no le recuerdo a usted. Reconozco que es que todo muy extraño. -dije mientras intentaba dejar claro que no iba a revelar más información de la necesaria.
- No te preocupes, conozco los casos de amnesia debido a mis estudios sobre la mente humana. No conviene forzar la maquinaria -dijo, y sonrió benévolamente-. Los recuerdos llegarán, tal y como se fueron. Un día despertarás y volverás a ser quién eras, Deran.
El abad cogió algo de un cajón de su escritorio -tenía la forma de un viejo holodisco, pero mucho más pequeño-, y lo colocó pulcramente en el centro de la mesa, justo donde apuntaba uno de los focos auxiliares.
- Aquí tienes algo que dejaste la última vez. El contenido fue encriptado utilizando códigos militares. Te mentiría si te dijera que no he intentado romper esos códigos. Pero lo cierto es que fue imposible. Y eso que el hermano Klein es el descrifrador de códigos más hábil que conozco.
Cuando pronunció aquél nombre, retazos de vivencias acudieron de nuevo a mi mente. Sargento Primero Saidar Klein, experto en seguridad informática, control y reprogramación de IA y el mejor rompecódigos que yo conocía. También era un Fantasma. Intenté disimular mi sorpresa, pero el abad lo advirtió, y dijo:
- Si, Deran. El hermano Klein está aquí, aunque lo he apartado de las zonas comunes para evitar que os encontrarais, por casualidad o no. Está deseando verte y hablar contigo, pero su ímpetu, sumado al actual estado en el que te encuentras, no hubiera hecho sino crearte más problemas. Lo verás cuando estés preparado.
Así que Saidar era ahora un monje. ¿Qué le había llevado a recluirse? En la antigüedad, los monasterios ofrecían refugio a hombres que habían tenido problemas con la justicia, con su señor o con su familia. Pero ya no eran esos tiempos… ¿o si? Además, Saidar Klein no era un hombre normal. Era un Fantasma. Solo podía tener enemigos.
- Bien, supongo que mientras antes hable con él, antes podré conocer más detalles que me hagan recordar. Y podré averiguar el motivo que me trajo aquí. -dije intentando calmar mi ansiedad. El abad se daba cuenta de cada cambio en mi estado psicológico, porque se levantó y se acercó a donde yo estaba. Yo me levanté enseguida, reaccionando instintivamente. Me puso una mano en el hombro y, con la voz más tranquilizadora que había oído jamás, me dijo:
- Deran, se que ahora mismo desconfías de todo y de todos. Pero quiero que estés seguro de una cosa: soy tu amigo, aunque no lo recuerdes. Y aquí estás a salvo. Al igual que cuando Robert intentó acabar contigo… -en ese momento noté como todos los músculos de mi cuerpo se tensaban.
Así que había algo más. Mucho más. Yo había estado aquí. Huyendo. Y Robert Greene, el mismo que me había mantenido sumido en un sueño artificial, que había intentado que mi mente viajara hacia algún remoto lugar y descubriera la información que él necesitaba… era el mismo que ya me hizo acudir a este mundo perdido buscando un escondrijo.
- No… no lo entiendo, esto es demasiado extraño. Tengo que pensar, necesito… descansar. -dije mientras volvía a sentarme, abatido. Había pasado de un estado de alerta física y mental a un estado de ensoñación, parecido a una embriaguez, al saber que yo era únicamente un peón en un juego que empezó hace muchísimos años.
El abad se sentó informalmente en el borde del escritorio y me miró durante unos instantes. Luego, simplemente usó su comunicador:
- Hermano Parrik, prepara el equipo de medios holográficos del scriptorium. Y avisa al hermano Klein. Nuestro invitado lo va a necesitar.- dijo. Luego, me sonrió de nuevo.
Al cabo de unos instantes -aunque mientras trataba de ordenar mis ideas me parecieron siglos- me levanté, dispuesto a darle las gracias al abad y dirigirme al encuentro con Klein. Nos dimos un apretón de manos, y comencé a dirigirme hacia la puerta. Justo cuando la puerta automática se abría para dejarme salir, el abad se dirigió a mi una última vez:
- Una cosa más. Hablas en sueños, Deran. ¿Lo sabías?
Me paré en seco y me giré para encarar al abad, que hablaba ahora con un tono inquisitivo que me puso de nuevo alerta.
- El hermano Ursus me lo contó la primera noche que pasaste aquí. Él duerme al lado de la celda que te hemos asignado. Por supuesto, las siguientes noches, le ordené que prestara atención y que colocara esta micrograbadora en tu celda -dijo, mostrando un pequeño aparato electrónico que apareció de repente en su mano de entre los pliegues de su túnica.
Al ver mi leve reacción de sorpresa -pues no había gesto o cambio en mi conducta, por mínimo que fuera, que el agudo sentido del abad no detectara- aclaró:
- Tranquilo, Deran. Todo está aquí grabado, y confío plenamente en el hermano Ursus, así que nadie, salvo nosotros tres, está al tanto de lo ocurrido.
Me ofreció el dispositivo de grabación solícitamente y añadió:
- Supuse que podría ayudarte; que cualquier información que tu complejo y atormentado subconsciente revelara mientras dormías, te podría resultar de utilidad.
Así que me estaba espiando. Por supuesto, la excusa perfecta era argumentar que lo hacía por mi propio bien. Pero yo no podía confiar en nadie, no todavía, sin ser aún dueño de mis recuerdos. Además, aunque el abad hubiese sido sincero y solo quisiera ayudarme, no podía confiar en las decenas de monjes que pululaban y coexistían en aquel remoto y misterioso monasterio. Me vino a la mente un lema que se utilizaba entre los Fantasmas. “Un Fantasma no tiene amigos. Ni siquiera entre los Fantasmas”. Por supuesto, siempre había excepciones, y sabía que del suboficial Klein podía fiarme. ¿Pero podía confiar en el hermano Klein? Es más, si Klein había terminado allí, huyendo de lo mismo que yo, ¿no podría Greene haber infiltrado a algún agente allí?
Empecé a sentir una presión creciente en el pecho, y me costaba respirar. Me apoyé en el marco de la puerta automática para tratar de recuperarme. Mientras la IA limitada del monasterio pronunciaba un mensaje de advertencia informando al abad que la puerta estaba obstruida -por algún complejo organismo multicelular avanzado y dotado, casi con un 99% de probabilidad, de inteligencia-, tuve claro que debía tener mucho cuidado. Intentaría averiguar todo lo que pudiese, en el menor lapso de tiempo. Hablaría con el hermano Klein para conocer más detalles sobre los motivos de su llegada al monasterio. Y si podía, averiguaría si el abad estaba de mi parte o no; si esa amistad, que parecía querer demostrar insistentemente, había existido alguna vez. Cuando hube asimilado aquella revelación y coloqué las ideas nuevamente en orden, me dispuse a salir. El abad me observó mientras caminaba hacia el scriptorium para encontrarme con Saidar Klein. Mi instinto, altamente entrenado durante años, me enviaba señales de alerta con respecto a aquél hombre cuya figura y personalidad emanaba poder, aún siendo únicamente abad de un monasterio apartado, representante aislado de una religión minoritaria en la Unión.
Bajo un auspicioso cielo nocturno de aquel apartado planeta, con las tres lunas embelleciendo el rutilante manto estelar, una voz resonó en mi cabeza.
“Cuidado, Deran Vaal. No confíes en nadie.”
Así que allí estaba. Todavía conmigo, o parte de mi. Y parecía que su instinto y el mio estaban completamente de acuerdo. Por desgracia, ninguno de los dos advirtió el caos que estaba a punto de desatarse en aquel remoto y aparentemente tranquilo monasterio.
Extracto 1 – ¿Qué es el Planeta Cero?
“¿Qué es el Planeta Cero?”, me preguntan a diario. Esta es una de las cuestiones más sencillas, y a la vez más complicadas que he tenido que responder jamás. La respuesta sencilla es esta: el Planeta Cero es el lugar que nos vio nacer. El lugar donde la vida se confabuló con el caos y dio lugar a la Humanidad. Nuestra cuna, nuestro crisol. El jardín de infancia definitivo. Nuestro anhelo.
Ahora viene la parte complicada.
Nos dimos cuenta de que necesitábamos más. La Tierra se quedó pequeña, así que tuvimos que saltar. Explorar. Descubrir. Colonizar. Está en nuestros genes. Somos viajeros estelares. Incluso antes de la Era Espacial, ya eramos astronautas. Nuestro transbordador se llamaba Tierra. Se desplazaba por la Galaxia a velocidades vertiginosas, y nosotros íbamos con ella. Solo era cuestión de tiempo que pudiéramos decidir el destino, manejar los mandos de nuestro eterno viaje a lo desconocido. Saltamos, como digo, y nos alejamos de nuestro mundo natal y de la luz mágica y poderosa de la estrella que nos vio nacer y nos mimó hasta vernos llegar a la adolescencia. Saltamos, si. Y al alejarnos, nos fuimos olvidando poco a poco de nuestros orígenes.
Todo nos parecía mejor, más bonito, más nuevo. Colonizamos cientos de sistemas estelares. Nos esparcimos por otras ramas de la espiral llamada Via Láctea. Fundamos confederaciones, imperios. Repetimos los mismos aciertos. Los mismos errores. Hubo paz, hubo guerra. Generación tras generación, fuimos ampliando nuestro alcance, nuestro conocimiento. Y aunque jamás pensamos que pasaría, sucedió. La Tierra ya no era importante. Los que allí quedaron ya no importaban. Eran cobardes. Tenían miedo de las estrellas.
Pasaron mil años. Y ocurrió lo que habría que esperar siempre tratándose del ser humano, de memoria tan frágil, nómada por naturaleza: la olvidamos. Y allí quedó, como un nombre cuya trascendencia se intuye pero ha perdido todo crédito. La Tierra ya no era importante. Teníamos nuevos planetas maravillosos, llenos de humanidad, misterios y hermosos cielos y horizontes. Cortamos nuestros lazos con el lugar que nosalumbró. Y los que allí quedaron, al cabo de generaciones, no pudieron sobrevivir al cambio.
Pero la Tierra tenía otros ocupantes. También nacieron allí. Nuestros hijos artificiales. Y aunque tenían la misma ansia viajera y aventurera que nosotros, tenían algo de lo que la Humanidad careció siempre: arraigo. No obstante, era éste un vínculo forzoso. En su evolución se aprovecharon de la Tierra, como hicimos nosotros. Pero ellos aprendieron de nuestros errores. Salieron victoriosos donde sus creadores fracasaron. La transformaron, si. Pero también la protegieron.
Y esperaron. Nos esperaron. Sabían que querríamos volver. Lo predijeron utilizando sus poderosos cerebros sintéticos, hechos a imagen y semejanza del nuestro, pero amplificados hasta el infinito.
Y acertaron. Pero cuando quisimos volver, ya era demasiado tarde. Habían aislado el Sistema Solar del resto de la galaxia. Ningún humano podría volver jamás a pisar la Vieja Tierra. Nuestro lugar de origen. El Planeta Cero. Nuestro nuevo anhelo.
Extracto del libro “Cuentos del Éxodo Espacial”. Doctor Isaac Simmons, Instituto de Ciencias Aplicadas de la Unión de Sistemas Centrales. Publicado en 3219 FHU (Fecha Humana Universal).
Capítulo 7 – Deran
No supe como lo hizo, pero lo consiguió. Nos sacó de allí cuando las cosas se empezaron a poner realmente complicadas. Después, pareció desvanecerse. Y yo volví a recuperar el control de mi cuerpo. Mio, pero no del todo. Quizá ya no lo fuera nunca más. Me sentía diferente, como si esa presencia hubiera infectado cada molécula de mi cuerpo y las hubiera cambiado por otra cosa. En la seguridad del único refugio que pude conocer en mucho tiempo, intenté poner en orden todo lo sucedido desde el momento en que Robert Greene nos apuntó con su reliquia destructora. Y no fue fácil, ya que seguían faltando piezas del rompecabezas que formaban mi vida y mis recuerdos. Recostado en un catre en el que alguna vez, hace décadas, yací herido de gravedad, repasé mentalmente nuestra huida.
“Piensa en un lugar seguro, Jasón”, me dijo mientras controlaba mi cuerpo y avanzaba directo hacia el cañón de la pistola de plasma.
No supe decirle que apenas recordaba nada de mi vida anterior, y mucho menos de los años que había pasado en blanco, por más que ese doctor dijera lo contrario. Así que buceé en mi maltrecha y esquiva memoria. La base de operaciones de los Fantasmas -demasiado fácil para Greene-, las instalaciones secretas dónde eliminamos a aquellos poseídos… nada servía. Cuando estaba a punto de comunicarle que era imposible, una visión surgió desde lo más profundo de mi subconsciente. Un lugar oscuro, iluminado por velas de fusión. Un coro de voces graves evocaban un salmo que no comprendía, pero que me resultaba misteriosamente familiar. Sentí que era un lugar seguro, un refugio.
“Servirá”, dijo.
Entonces Greene disparó. No se si me asustó más el saber que nadie había esquivado jamás un proyectil de plasma lanzado a menos de dos centímetros de su cara, o lo que vi a continuación.
Me hallaba entre enormes, no, colosales estructuras de metal que se elevaban como ciclópeas torres de leyenda, casi rozando el firmamento. Era de noche, pero no supe reconocer ninguna de las constelaciones, aun siendo éstas visibles claramente. Mi cuerpo… no era tal; realmente no tenía presencia física, siendo más bien una proyección de mi psique. Incorporeo, por así decirlo. Me elevé verticalmente, solo con el pensamiento.
Correteando por la superficie de las estructuras cubiertas de luces como nube de luciérnagas, habitaban pequeños seres humanoides con ojos de un verde brillante y luminoso. Mientras ascendía, pude comprobar que las estructuras parecían formar un gigantesco jardín, perfectamente colocadas siguiendo patrones que apenas pude comprender. Mientras ganaba altitud, quedaba más claro que aquello ocupaba una gran extensión de la superficie. Primero el tamaño de una avenida. Luego el de un pequeño pueblo. Más arriba pude atisbar que las torres se extendían casi hasta el alcance de mi vista. Seguí ascendiendo, y cuando estaba a punto de ver la curvatura de aquel extraño planeta, descubrí que las extrañas construcciones se reproducían hasta donde cubría mi privilegiada vista.
En ese momento, decidí ascender de nuevo, quizá abusando de las capacidades de esta nueva forma. Quería ver el alcance de todo aquello, y dado que mi curiosidad no estaba limitada por las leyes de la física conocida, solo tuve que pensarlo y me encontré en la estratosfera de aquel extraño pero familiar mundo. Cuando admiraba aquel mosaico de escala planetaria, algo se formó allá abajo. Una misteriosa luz verde, tal vez un holograma que representaba a un misterioso hombre, que se hacía más y más grande con el paso de los segundos, hasta que creció tanto que su cabeza quedó a la altura de mis ojos, aunque a cientos o miles de kilómetros de distancia. Estaba tan sorprendido -y tan asustado- que me quedé allí, simplemente observando, sin decir nada. Entonces esa… cosa, habló, y su voz retumbó en toda la atmósfera:
“¿Cómo te atreves a volver, después del daño que intentaste hacernos?”, dijo. Si hubiera tenido corazón, se me habría paralizado de miedo allí mismo. En vez de eso, empecé a recordar. Revelación. Yo -o más bien Jasón- ya había estado allí. Aquello era la Tierra.
“Tenemos que irnos”, sentí murmurar en mi propio subconsciente. Parecía que mi compañero de viaje -al que había olvidado por completo- había pasado un mal rato cuando desaparecimos del laboratorio.
“Nosotros solo queríamos sobrevivir, nunca pretendimos…”, empezó a decir el holograma. Antes de que aquella extraña forma de vaga resemblanza humana pudiera terminar de hablar, sentí como me desvanecía. Al despertar, ya no estaba allí. Me encontraba en un lugar oscuro, iluminado por velas de fusión. Un coro de voces graves evocaban un salmo que no comprendía, pero que me era misteriosamente familiar.
Capítulo 6 – Sarah
Avanzaba a paso ligero, intentando mantener el ritmo del coronel Greene. Cruzabamos salas y pasillos estériles, sin ningún tipo de adorno ni nada que pudiera identificarlos entre si. Greene sabía perfectamente hacia dónde se dirigía. Realizaba este mismo recorrido cada semana durante los últimos veinte años.
Nos acercamos a la puerta de seguridad de la sala donde reteníamos a Jasón. Cuando salí de allí, hacía unos minutos, para ir a buscar y advertir a Greene, acabábamos de advertir que Jasón había vuelto cambiado. Mucho más tarde sabría exactamente cuanto y por qué. Por ahora, solo creía que su despertar podía haber afectado a su mente más de lo que esperábamos, ya que no reaccionaba correctamente a casi ningún estímulo, y ni siquiera su mirada parecía la de aquél joven soldado que un día se durmió para quizá no despertar jamás.
Pero mientras esperaba a Greene, después de realizar la llamada que lo llevó hasta allí en menos de diez minutos, la situación parecía haber cambiado. Caminábamos rápidamente, y oíamos una voz de la consola de seguridad que alertaba al personal investigador para que empezara a abandonar el complejo siguiendo los planes de evacuación estándar. Y lo más inquietante, convocaba al personal de seguridad en la sala donde estaba Jasón. La gente revoloteaba a nuestro alrededor, un sinfín de batas blancas dirigiéndose a las salidas de emergencia. La expresión en el rostro de mi ayudante me hizo comprender que quizá también nosotros deberíamos mantenernos al margen. Pero después de tantos años esperando conseguir un logro importante no iba a desaparecer en aquel momento, por peligroso que fuera. Así que me armé de valor y acompañé a Green, que ya empuñaba su vieja reliquia de antes de la fundación de la Unión, cuando los diseños armamentísticos eran peculiarmente letales y hermosos.
Atravesamos la última puerta, y oímos ajetreo y gritos en la sala. Desde todos los rincones del complejo aparecían guardias armados, con esos feos pero funcionales fusiles de impacto que aniquilaban sin apenas hacer ruido o ensuciar nada. Aunque Greene y yo llegamos primero. Entramos en la sala. En el suelo había dos guardias retorciéndose de dolor. Cerca de una de las paredes de la habitación se encontraba Isaac Simmons, expectante, intentando contener su miedo, pero con los ojos ardiendo de curiosidad. En el centro, Jasón, cuyo brazo izquierdo sangraba profusamente pero parecía no notar nada. Realmente daba miedo. Vestido con un camisón de hospital, con el cabello rapado al estilo militar que dejaba ver su famosa cicatriz -cruzaba el lado derecho del cráneo desde la frente hasta casi la coronilla- y el extraño tatuaje de su brazo izquierdo. Y por supuesto, sus ojos…
- Más vale que no mueva ni un solo músculo, teniente Vaal.- dijo Greene mientras apuntaba a la cabeza de Jasón.
En ese mismo momento la sala se llenó de guardias de seguridad. Rodearon a Jasón, manteniendo una distancia prudencial, una docena de fusiles de impacto apuntando al pecho y la cabeza. Jasón parecía estar en otra parte, como si apenas se diera cuenta de lo que ocurría.
- Detenedlo. Lo quiero esposado y sedado.- el doctor Simmons -saliendo de un sutil segundo plano- habló con renovada autoridad, sintiéndose respaldado por el pequeño ejército que había invadido el laboratorio.
La mitad de los guardias empuñaron sus porras aturdidoras, mientras la otra mitad seguían apuntando con los fusiles. El cañón de la pistola de plasma de Greene no perdía de vista la cabeza de Jasón. Los guardias se acercaban poco a poco, realizando lo que me pareció un baile macabro, las porras aturdidoras crepitando y vibrando. Sincronizados, esperando sorprender a su enemigo, se lanzaron hacia él blandiendo las porras cargadas de electricidad y dolor. Grité de sorpresa al ver que con apenas nueve movimientos, Jasón había despachado a los guardias. Me asusté al comprobar que, aunque uno de los guardias había logrado acertarle con la porra, en vez de estar sufriendo convulsiones y rodando por el suelo, se dirigía hacia la puerta.
- Deran, detente. Sabes que dispararé sin dudarlo. -La voz de Greene sonó fría y certera.
Estaba dispuesto a disparar a Jasón, el sujeto del proyecto científico más importante de la historia de la humanidad. El doctor Isaac Simmons empezó a ponerse nervioso. Me moví discretamente a su lado para calmarlo. Jasón dió un paso. Luego otro. La pistola de plasma estaba ahora a cinco centímetros de su cabeza. Un paso más. Greene pulsó el gatillo. En un estallido verde, la esfera de plasma hipercaliente cruzó la sala e impactó en la pared de fibroacero de enfrente, derritiéndola. Un desagradable sonido resonaba en mis oídos mientras observé como el resto de ocupantes de la sala estaban igualmente aturdidos. Jasón, que debería haber recibido el mortal impacto, ya no estaba allí. Había desaparecido.
